Lcda. Eddy Rodriguez Aponte. Prensa PANA. El tránsito de la conciencia humana desde la inmovilidad de la vergüenza, la culpa y el miedo hacia la potencia del coraje constituye un imperativo ético y decolonial en las dimensiones de lo individual y lo colectivo. Tal como venimos explorando en las ediciones previas, siguiendo a David Hawkins, el desarrollo de la conciencia puede comprenderse mediante escalas de vibración o escalas de las emociones y si lo viéramos a modo de escalera, en los peldaños más bajos de la conciencia se sitúa la vergüenza, manifestada como un deseo de desaparecer o como una percepción de incapacidad personal y colectiva que se expresa en muchos casos ocupando los lugares de víctimas y perpetradores. Le sigue la culpa, caracterizada por un odio dirigido hacia uno mismo que lleva a concebir el mundo desde el castigo y el remordimiento. Luego está el miedo, que sabemos es el instrumento privilegiado de los sistemas de opresión, detiene el crecimiento biológico y mental de los seres humanos y el crecimiento social en las interrelaciones y en las comunidades, manteniendo a la población en alerta permanente, en desconfianza y enfermedad. En las sociedades, estas emociones operan como heridas transancestrales o transgeneracionales vinculadas a procesos de dominación que se repiten una y otra vez, constituyendo los patrones históricos de lucha y sufrimiento que parecieran ser el destino de los pueblos. Para romper este ciclo de conflictos de supervivencia y opresión se requiere transitar hacia otro peldaño de conciencia como es el coraje. Desde la perspectiva sistémica y fenomenológica de Bert Hellinger, el coraje no consiste en una fuerza heroica o rebelde, como comúnmente se le ha atribuido, sino en la capacidad espiritual y emocional de asentir a la realidad tal como es. Elevar la conciencia hacia el coraje implica pronunciar un «Sí» incondicional al pasado, a las tragedias y a los ancestros, renunciando al juicio moral y a la postura del victimismo. Esta es clave en nuestro trabajo por un nuevo estado de pensar, de sentir y de Ser. En el plano individual, el coraje se explica cuando una persona decide desarticular el «amor ciego» y la lealtad invisible que la impulsan a sufrir o fracasar en lugar de sus antepasados. Por ejemplo, un individuo perteneciente a un clan signado por la escasez o las adicciones muestra coraje cuando mira a sus padres, asiente a su destino tal como fue, les devuelve con humildad sus cargas y asumiendo desde el alma, ser dichoso y próspero, interrumpiendo la repetición sistémica. En el plano de los pueblos, el coraje colectivo se manifiesta al sanar la memoria histórica y superar la parálisis del miedo sistémico. Un pueblo ejerce el coraje cuando supera la vergüenza colonial que lo lleva a sentirse incapaz y a anhelar que potencias o agentes extranjeros resuelvan sus propios asuntos. A modo de ejemplo, una comunidad que asiente con dignidad a las injusticias y dolores de su historia, restituye en su corazón el lugar de sus ancestros silenciados o masacrados y asume de forma autentica la cooperación articulada y la labor comunal en estado de crecimiento por el bienestar de todos. En conclusión, elevar la conciencia exige sustituir la sumisión opresora por un asentimiento liberador. Al encarnar el coraje, las personas y los pueblos dejan de repetir tragedias ajenas para reclamar su propio destino con independencia y soberanía. “Sálvate mundo mío, desatando infinitos. Apaga tus fríos y enciende tus arenas. En la primavera y en el sol” Jacobo Fijman Navegación de entradas Fundación Red de Arte Yaracuy realizó taller de cestería en municipio Sucre El Pregonero de Falcón, el noticiero de Falconiana 102.7 FM