Por Ingrid Parra Periodista CNP 26.012

​A las 5 de la mañana, cuando la brisa fresca del amanecer apenas empieza a recorrer las calles y sol aún no termina de despuntar, ver como se llena la calle 25 de dinamismo y color, la luz de la tarde comienza a sesgarse, pero en la calle 25 del municipio Independencia ya no hay silencio. Hay murmullo de gente que se reúne, crujido de sacos, sacudidas de viruta, tinte, flores y aserrín. Hoy no es un día cualquiera en Yaracuy: es 24 de octubre, el día en que la fe deja de ser algo intangible para convertirse en un tapiz que se toca, se diseña y se camina.

​Cada vecino, cada familia, cada grupo de la comunidad llega con sus herramientas y sus sueños. La consigna es compartida, pero el trazo es propio: una parcela de dos metros por dos metros donde cabe la devoción de todo un año.
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Manos que tejen colores y promesas. ​

A simple vista, parecería un rompecabezas de aserrín pigmentado, pétalos frescos, granos y formas geométricas. Pero al acercarse, cada módulo de 2 metros por 2 revela una historia distinta. Hay un recuadro que agradece por la salud recobrada; otro que rinde tributo a las flores de nuestra tierra; uno más que dibuja palomas de paz o motivos litúrgicos con minuciosidad artesanal.

​Nuestras manos se manchan de color, la espalda se dobla sobre el suelo bendito y la conversación fluye entre mates, jugos o sonrisas compartidas. Participar en la elaboración de esta alfombra no es solo decorar una calle: es tejer comunidad. Es ver cómo el esfuerzo individual de cada pequeño marco de madera se disuelve para dar paso a una obra gigantesca, continua e infinita que abraza a toda la calle 25.

​La llegada del Arcángel: El instante sagrado
​El ambiente cambia cuando a lo lejos se escuchan los cánticos y el repique festivo. San Rafael Arcángel avanza en hombros de su pueblo. El Arcángel de la salud, el guía de los caminantes, se aproxima hacia la alfombra que hemos preparado con horas de dedicación, paciencia y amor.

​Es un momento lleno de una poesía singular: sabíamos desde el primer gramo de aserrín que la obra estaba destinada a ser efímera, que el paso de la procesión desdibujaría cada flor y cada trazo. Y sin embargo, ahí radica la verdadera belleza. Al pisar el santo la alfombra, los colores se dispersan, el aire se llena de fragancia y la devoción se vuelve bendición compartida.

​Lo que permanece
​Cuando la procesión continúa y la calle 25 queda tapizada por la mezcla de colores esparcidos, queda en el aire una sensación inigualable de plenitud. La alfombra ya no está intacta en el suelo, pero ha quedado grabada en la memoria colectiva de Independencia. Nos queda el orgullo de haber puesto nuestra propia huella de fe y la certeza de que, mientras exista esta unión, la tradición y el amparo de San Rafael seguirán iluminando nuestro camino.
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