Hacia una ontología del derecho a pertenecer. Parte I Lcda. Eddy Rodriguez Aponte. Prensa PANA. En el marco de la filosofía de vida y estudios fenomenológicos transgeneracionales formalizados por Bert Hellinger, los vínculos humanos se encuentran regulados por estructuras dinámicas denominadas los Órdenes del Amor. Muy lejos de ser prescripciones morales, estos órdenes operan como leyes sistémicas naturales orientadas a garantizar la supervivencia, la cohesión y el desarrollo de los organismos tanto familiar como colectivo social. Entre estas, el primer orden, establece que todos y cada uno de los miembros que conforman un sistema familiar poseen exactamente el mismo derecho inalienable a pertenecer. El aspecto condición ontológico de este principio radica en que el derecho a formar parte del linaje no se adquiere por merecimiento moral, virtudes éticas, logros sociales ni afinidades afectivas, ni puede ser revocado por sentencias judiciales o censuras familiares. El derecho a pertenecer acontece por el mero hecho existencial de haber sido concebido, de haber transmitido la vida o de haber sellado un destino trascendente con el sistema. En este entendido, pertenecen de manera consanguínea los padres, papá y mamá progenitores, los hermanos incluyendo a los nacidos muertos, los abortos espontáneos e inducidos, así como los hijos en adopción, los abuelos, bisabuelos y consanguíneos significativos. También pertenecen de modo no consanguíneo todos aquellos cuya desdicha o beneficio estuvo inextricablemente unido a la supervivencia del clan como son las parejas anteriores, benefactores, víctimas y perpetradores de crímenes dentro de la red histórica familiar. El desequilibrio en este orden de pertenencia constituye una exclusión y adopta múltiples expresiones en la cotidianidad familiar como los exilados de la familia por ser una vergüenza moral, por ser alcohólico, haber cometido un delito, padecer alguna enfermedad mental, ser persona con discapacidad y tenerlo oculto o encerrado o el arruinado económicamente, así mismo los silencios sobre hijos no reconocidos, el juicio de superioridad respecto a generaciones anteriores. En este sentido, cuando un miembro del grupo es excluido o borrado de la memoria consciente, el alma colectiva o conciencia del clan no soporta el espacio vacío y algún otro miembro pasa a ocupar el lugar generándose situaciones difíciles; es lo que se denomina implicación sistémica. Mediante este fenómeno denominado implicación sistémica, un descendiente asume los sentimientos, patologías, pulsiones o destino del ancestro excluido. Sus acciones y decisiones son tomadas por amor, un amor ciego, en el que el sujeto puede sacrificar su propia vitalidad y su proyecto personal en una tentativa inconsciente de reintegrar al árbol, al sistema, al miembro que no ha sido mirado e incluido. El movimiento principal se dirige hacia la vida: significa asentir. No se trata de aprobar éticamente ciertas conductas descarriadas ni justificar los daños de lo sucedido en la historia familiar; se trata de rendirse con convicción a los hechos de la realidad. Este movimiento es lo que propicia una facilitadora en sesión de Constelaciones sistémicas, en las que se suele utilizar frases sanadoras como: “Sí a lo que fue, tal como fue, y a las consecuencias que de ello derivaron”, con el propósito de facilitar a la persona salir de la queja, el reclamo, el ánimo de revancha o deseo ilusorio de un pasado diferente, dando el salto a la construcción de una nueva vida desde otra frecuencia de madurez emocional más adulta y más soberana. Detrás de mi están todos mis ancestros dándome fuerza. La vida paso a través de ellos hasta llegar a mí. Y en su honor la viviré plenamente. Bert Hellinger Navegación de entradas Inicia la Navidad en Bruzual USTED ES UN TRAIDOR SEÑOR ECARRI