Hacia una ontología del derecho a pertenecer. Parte II.

Lcda. Eddy Rodriguez Aponte. Prensa PANA. Siguiendo la secuencia con la Edición anterior, es oportuno recordar que desde el punto de vista ontológico la pertenencia se entiende como el derecho a formar parte de la familia, del linaje, de la organización, del sistema y como tal no proviene de un merecimiento otorgado o ganado, ni por tener ciertas virtudes éticas; así como ese derecho no puede ser disuelto producto de amonestaciones familiares o legales ya que ese derecho le viene dado a la persona por haber sido concebido, haber dado vida a otros o haber quedado vinculado de forma definitiva e irreversible a un sistema debido a hechos extraordinarios e igualmente irreversibles.

Las personas integrantes del sistema y los hechos que les vinculan, en tanto sean excluidos, borrados u olvidados, van a ser fuente de implicaciones y lealtades que operan de manera invisible en el resto de miembros del sistema que llegan después que ocurrieron los hechos. De aquí deriva parte de la importancia de reconocer cómo funciona fenomenológicamente nuestra vida, la conciencia indispensable para mantenernos en la frecuencia del Coraje y dar el paso necesario para asentir consecuentemente y promover la emancipación.

En este espacio invito a la reflexión acerca del rigor epistemológico contenido en las obras de la fenomenología Hellingeriana, articuladas de manera imprescindible con los aportes de pioneros como el psiquiatra y psicoanalista húngaro Iván Böszörményi Nagy quien entregó a la humanidad uno de sus principales hallazgos publicado en español en 1973 y 1994 en torno a las “Lealtades Invisibles”. En su trabajo científico, abordó magistralmente la justicia relacional y la ética intergeneracional y demostró que los sistemas familiares operan mediante una forma de libro de cuentas inconsciente de deudas, méritos, créditos y obligaciones recíprocas. La lealtad familiar constituye un imperativo biológico y psicológico de supervivencia: se puede observar cómo se inicia en el bebé, que vive y crece dependiendo absolutamente del sostén de sus cuidadores y, en ese contexto, va interiorizando que su propia subsistencia exige una fidelidad incondicional a los mandatos de su linaje. De esto se trata.

Cuando el balance transgeneracional de justicia se desequilibra o se distorsiona por hechos trascendentes como despojos, genocidios, traumas no elaborados, esto es: eventos demasiado impactantes en la vida de las personas en los que su sistema nervioso no logra digerir, integrar o asimilar por completo lo que sucede, cuando esto ocurre la memoria simbólica genera una especie de deuda que se transfiere a las siguientes generaciones en forma de legados nocivos. Sujeto, persona, grupos o colectivos de personas quedan atadas por una lealtad invisible que le exige pagar una deuda que no contrajo o vengar una injusticia de algo que no realizó. El individuo cree estar tomando decisiones libres sobre su vocación, su pareja, sus proyectos vitales, cuando en realidad está ejecutando fielmente un guion compensatorio dictado por la cuenta transgeneracional no resuelta que determina los hechos del presente y el futuro.

“Por realidad y perfección entiendo la misma cosa”

Baruch Spinoza

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