Lcda. Eddy Rodriguez Aponte. Prensa Pana.

El presente análisis profundiza en la intersección entre la emocionalidad, la historia colonial y la reconstrucción nacional de Venezuela desde el presente, con base en la premisa de que la vibración emocional influye directamente en la capacidad de un pueblo para ejercer su soberanía y decidir su destino en lo individual y lo colectivo. En esta edición, fijamos el punto de partida en la comprensión de la emocionalidad desde una perspectiva científica y espiritual, utilizando las investigaciones del doctor David Hawkins sobre la Escala de la Conciencia, en que las emociones poseen distintas frecuencias vibratorias y las de más baja frecuencia, como la vergüenza, se ubican en torno a los 20 herz. A medida que un individuo trabaja en su autoconocimiento, puede elevar su vibración hacia estados de neutralidad, en los que es posible reconocer que necesita ayuda y a través del trabajo personal, alcanzar mayor bienestar en niveles de alta vibración como la alegría, el amor, la paz y la autorrealización.

La relación entre la vibración y la toma de decisiones es directa: a mayor elevación de la conciencia, existe una mayor capacidad de racionalidad y lógica, lo que permite tomar decisiones más acertadas tanto en el ámbito individual como en el colectivo. Por el contrario, una persona o sociedad sumida en una baja vibración como la vergüenza, la culpa, la tristeza, la ira, la impotencia, no está en condiciones de apoyar a otras personas, ni de construir de manera efectiva, ya que primero debe atender su propia elevación vibracional y con esta su consciencia.

Uno de los mayores desafíos es la dificultad para detectar la vergüenza, ya que el ego tiende a enmascararla. En la cotidianidad venezolana, esta baja vibración se manifiesta frecuentemente en las redes sociales a través de críticas mordaces e incapacitantes hacia las instituciones y los entes del país. Estas opiniones suelen centrarse en la supuesta incapacidad de los venezolanos para gestionar sus problemas, como en esta presente crisis, haciendo ver que es necesaria la intervención de otros más inteligentes y con más capacidades para dirigir los temas de la nación, creando nubes de incapacidad generalizada que desmoviliza, entierra.

De igual manera se observa la tendencia inmediata a buscar culpables, y esto puede ser una manifestación de una vergüenza soterrada que no se reconoce a sí misma. Cuando el ser humano se siente incapaz de soportar su propia verdad o la autoculpa que genera una situación de crisis, el ego actúa como un mecanismo de defensa, acechando contra los demás, contra el colectivo o contra las autoridades que se ven como responsables de todo lo que sucede entrando en el juego victima-victimario.

Ante los desastres naturales, aunque también es natural para el ser humano reconocernos vulnerables y es un acto que requiere un profundo amor hacia uno mismo, aunque no se tiene la fuerza para frenar los movimientos estructurales de la Madre Tierra, sí poseemos la inteligencia y la ciencia para desarrollar planes de prevención y actuar en contingencia. Sin embargo, la reacción ante estas tragedias a menudo revela una rabia profunda que podría estar escondiendo, nuevamente, niveles críticos de vergüenza y dolor acumulado. Por lo que las preguntas que invitan a la reflexión esta semana podrían ser las siguientes: ¿A quién estoy culpando por las circunstancias actuales? ¿de qué me puedo hacer responsable? ¿Contra quién siento rabia? ¿Cuánto de mi dolor actual se parece a algo que he vivido antes? ¿De qué me siento victima?

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