Por Ingrid ParraCNP 26.012 Hay canciones que no pertenecen al pasado, sino a la eternidad. En la geografía sentimental de Venezuela, y muy especialmente en las entrañas del estado Yaracuy, vibra un vals que desafía las leyes de la lógica para abrazar las leyes del espíritu: «Morir es Nacer».Esta pieza no es solo música; es un testamento poético hecho suspiro. Cuando la genialidad de Rafael Andrade se encontró con la sensibilidad Hendersoniana y mística de Manuel Rodríguez Cárdenas por el año 1932 ocurrió el milagro. Andrade, con su prodigiosa arquitectura musical, tejió un vals de cadencia melancólica pero pulso firme, una melodía que acaricia como la brisa de la tarde sobre los campos yaracuyanos. Por su parte, la letra de Rodríguez Cárdenas transforma el dolor en una victoria luminosa. Nos enseña que el final de algo, un amor, una época, la vida misma, no es más que el preludio de un renacimiento.En sus versos, la muerte pierde su sombra y se convierte en una metáfora de transformación, recordándonos que para florecer, la semilla primero debe entregarse a la tierra.»Morir es nacer»… Porque el arte verdadero nunca muere. Se queda suspendido en el aire de San Felipe, en el eco de sus ríos, en la memoria de un pueblo que canta su propia nostalgia con la frente en alto.Hoy rendimos tributo a este Vals Inmortal que nació un 16 de julio de 1932 y arriba a sus 94 años, a sus creadores y a esa magia yaracuyana que es capaz de tomar la tristeza, vestirla de gala y transformarla en la más hermosa promesa de vida. Mientras una guitarra o un piano hagan sonar sus notas, Andrade y Rodríguez Cárdenas seguirán naciendo en cada acorde. Navegación de entradas Los Semilleros Culturales activos en Urachiche Efemérides de Macadán