Lcda. Eddy Rodriguez Aponte. Prensa Pana. Tal como venimos adentrándonos en las reflexiones acerca la triada de baja vibración: vergüenza, culpa y miedo, vamos a continuar, recapitulando que la vergüenza es el nivel más bajo en la escala de conciencia (20Hz), es el más cercano a la muerte, se manifiesta como un deseo de desaparecer o de ser invisibles y en lo colectivo se traduce en comentarios de incapacidad hacia nuestra familia o hacia las instituciones y en efecto, en el anhelo de buscar que los problemas de la casa sean resueltos por los vecinos, los de afuera, lo que es lo mismo: el anhelo de ser dirigidos por los extranjeros que sí tienen la capacidad de hacerlo bien o mejor. Todo lo cual, en lo colectivo, es una herida transancestral a partir del genocidio de 1492. La culpa (30Hz), representa odio dirigido hacia uno mismo, genera remordimientos y una visión del mundo como sufrimiento y castigo. El miedo (vibra en 100Hz), genera una visión aterradora del mundo, lo cual llena a las personas de ansiedad, preocupación y recordemos que es la herramienta favorita de los sistemas de opresión en las relaciones interpersonales y en la sociedad. En los artículos anteriores realizamos una mirada del miedo en lo individual, ahora es oportuno reconocer y ojalá lleguemos a comparar, cómo funciona el miedo a escala colectiva. Un punto de partida es tener en cuenta que, biológicamente, los estados de alarma, amenaza y susto constante detienen temporalmente el crecimiento celular y suprimen la actividad del sistema inmunológico, trayendo como consecuencia enfermedades, al mismo tiempo que entorpece la actividad cerebral indispensable para que se dé el razonamiento lógico, exigiendo al sistema nervioso responder con reflejos y reacciones instintivas. La sociedad, conformada por seres humanos, funciona de manera similar a los organismos biológicos multicelulares; en consecuencia, cuando los sistemas o agentes opresores crean hábitos colectivos de estar en estado de alerta constante, bajo alarma y amenaza permanente, la población pasa del estado de crecimiento al estado de supervivencia, siente inseguridad por todo y se acostumbra a permanecer en continua búsqueda de protección. Lo cual dificulta el intercambio libre de información y cooperación con los demás, generándose ineludiblemente un entorno en el que prevalece la desconfianza, de todo tipo y a todo nivel, encausando al sistema social a un bloqueo o colapso de la acción coherente, articulada, saludable y hermanada que sí es propia de una labor comunal en estado de crecimiento. En consecuencia, un pueblo que se mantiene de manera continua y permanente en estado de alerta, atendiendo situaciones de alarma por asuntos políticos, económicos, sociales, ambientales, climatológicos, comunicacionales, tiende al agotamiento de las reservas energéticas del colectivo que hace frente en los distintos espacios de la organización social, lo cual va minando la vitalidad de las personas y de las propias organizaciones que se saturan, sintiendo mas presión cuando la magnitud y complejidad de los asuntos sobrepasa sus recursos. Si a esto le restamos importancia, o no le tenemos en cuenta, por muy acertados que sean los planes, sin la adopción de medidas preventivas de alto calibre puede arrastrar a nuestras organizaciones e instituciones al colapso en los diferentes ámbitos, creando predisposición, agresividad y violencia, que son los efectos naturales del miedo. En este contexto, es vital mirar al fondo los acontecimientos en cada área de nuestras organizaciones, hacer un espacio desde donde se pueda analizar cada situación con una mirada neutral ya que es allí en la organización social, comunal, donde se gesta lo nuevo o se reproducen los patrones colectivos. Hasta la próxima edición. Navegación de entradas Rol estratégico de Asia en la economía global Memorias de un Escuálido en Decadencia…Candidatos