Lcda. Gisela Tovar

Hay venezolanos que luchan diariamente por conseguir tres comidas al día. Mientras tanto, una contradicción silenciosa quebranta los esfuerzos por garantizar el derecho a la alimentación: la pérdida y el desperdicio de alimentos.

En un país donde las MCU —medidas coercitivas unilaterales— han golpeado duramente a nuestro pueblo, el tema no es solo producir o acceder a los alimentos. Hoy día es fundamental tomar conciencia  que el desperdicio alimentario es un lujo inaceptable.

No es ético pedir o preparar comida y dejarla en el plato, mientras muchos no tienen qué comer. El segundo Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS 2) es precisamente “Hambre Cero”. Por eso, la reflexión sobre pérdidas y desperdicios de alimentos es necesaria y urgente.

Según estimaciones de organizaciones internacionales, en América Latina y el Caribe se pierde o desperdicia hasta un 30% de los alimentos producidos. En Venezuela, donde se han hecho esfuerzos para impulsar la producción agrícola en la última década y la capacidad de importación se ha visto limitada, cada grano de arroz, cada tubérculo y cada fruta que se desecha representa no solo una pérdida económica, sino una afrenta a la seguridad alimentaria.

El problema es estructural y abarca toda la cadena agroalimentaria. Desde la producción primaria —donde la falta de insumos, combustible y financiamiento provoca pérdidas en el campo: cosechas que no se recogen, frutas que se pudren en los árboles—, pasando por caminos, transporte y almacenamiento ineficientes, hasta llegar al consumidor final, donde el desperdicio en los hogares se suma a la falta de hábitos de aprovechamiento.

Frente a este escenario, el marco legal venezolano ofrece herramientas clave. La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, en su artículo 305, establece que el Estado tiene la obligación de promover una agricultura sustentable y garantizar la seguridad alimentaria de la población. Este precepto constitucional va de la mano con la Ley de Soberanía y Seguridad Alimentaria (LOSA), promulgada en 2008, cuyo objeto es “establecer las bases para la soberanía y seguridad alimentaria de la población, mediante la producción, almacenamiento, distribución, comercialización y consumo de alimentos”.

La cruda realidad del desperdicio

En Venezuela, la pérdida de alimentos no es un fenómeno homogéneo. En el campo, la falta de diésel para la maquinaria agrícola, el deterioro de las vías de penetración y la ausencia de centros de acopio con condiciones adecuadas de frío generan mermas significativas. Hay productores que pueden perder hasta un 20% o más de su cosecha simplemente porque no pueden transportarla a tiempo a los mercados.

En los centros de distribución y mercados municipales, la falta de infraestructura de refrigeración y la manipulación inadecuada aceleran el deterioro de frutas, verduras, proteínas  y lácteos. Las ferias del campo y los mercados populares —principal fuente de abastecimiento para las mayorías— son escenarios cotidianos de esta realidad. En muchos se observan pilas de tomates, lechugas o cebollas que se desechan al final del día, un testimonio silente de un sistema ineficiente.

Por desperdicio alimentario  entendemos toda aquella comida que es apta para el consumo humano pero que termina siendo descartada, ya sea porque se echa a perder, se cocina en exceso, se deja vencer, se daña durante el almacenamiento o simplemente se deja en el plato y se tira. Los principales actores del desperdicio son restaurantes, comedores, hoteles, servicios de comida, ferias y los hogares.

Detrás de cada plato hay un montón de personas y procedimientos, participan aquí quien siembra, riega y cuida las plantas; la familia campesina; la cayapa comunitaria; quien cría los animales o los pesca; quien cosecha, selecciona y sacrifica; el transportista, los caleteros y carretilleros; quienes acopian y distribuyen; los que garantizan la cadena de frío; los mayoristas y minoristas, bodegueros y verduleros; quienes venden de manera ambulante por las calles; muchos cocineros y cocineras, chefs, parrilleros, madres y abuelas. Infinitos eslabones que confluyen en un solo acto: el alimento que llega a cada uno de nosotros en un plato.

Ese plato contiene tiempo, esfuerzo, dedicación, recursos, dinero, estética y hasta amor e identidad. Por eso, el desperdicio no debe verse simplemente como una falta de educación, sino como una invitación a la reflexión profunda y a la toma de conciencia. Se trata de honrar a la gente, a la vida y al planeta.

Son muchas las acciones que podemos emprender para minimizar esta situación: desde planificar mejor nuestras compras hasta aprender a transformar y aprovechar cada alimento. Sin embargo, lo primero y más importante es entender nuestra responsabilidad como personas, es pensar como venezolanos, como patriotas  y comprometernos a alimentarnos con conciencia tanto individual como colectiva en pro de una vida mejor y más sostenible para Todos y Todas.

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